COLGANDO ARPAS

“Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sion. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas. Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: cantadnos algunos de los cánticos de Sion. ¿Cómo cantaremos cántico de Yahwéh en tierra de extraños? Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare; si no enalteciere a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría” (Sal. 137:1-6).

Introducción: esta vida parece una carrera de resistencia; en la última película de la saga de Rocky comenta el protagonista defendiendo su posición a volver a pelear cuando ya los años parecen impedírselo: “esta vida te golpeará… y no es cuántos golpes puedas dar lo verdaderamente importante, sino cuántos puedas resistir y seguir de pie”.

Transición: serás tentado a “colgar el arpa” alguna vez, tirar la toalla, rendirte. Quizá no lo hagas suicidándote, pero si dejándote morir lentamente en el conformismo de una vida sin propósito. Este mensaje tiene la intención de decirte: “no lo hagas”.
El salmista relata una época de cautiverio en la cual sufrió, ya es libre y su dolor es sólo un recuerdo. Pero su experiencia ilustra muy bien la condición humana ante la adversidad. La frase “colgamos nuestras arpas” es una bandera blanca, una señal de rendición. ¿Tienes arpas colgadas?

1.- ARPAS EN SAUCES LLORONES.

a) El llanto sigue a la pérdida de propósito. Babilonia no era su ciudad ni remotamente su tierra.
Los judíos fueron llevados allí violentamente después de siglos de idolatría. Cuando estuvieron en su tierra estaban en la dirección hacia el propósito por el cual Dios los llevó allí: un reino. La primera reacción de perder el rumbo por el cual nos hicieron es que no somos lo suficientemente felices; no importa cuánto podamos reír ocasionalmente, sabemos que interiormente algo falta. Cuando la fiesta acaba, el vacío está allí.

b) Cuando sólo quedan recuerdos haz colgado el arpa. Los que habían sido llevados cautivos aún guardaban recuerdos del reino de Judá; el templo y la majestuosa alabanza a Dios dirigida por levitas; sacrificios y rituales, profetas y la algarabía del mercado de la ciudadela. Extrañaban las comidas alrededor del fuego al fresco de la tarde que solían terminar en ruidosas danzas hebreas. Entonces lloraban…
¿Qué haces cuando todo lo que tienes son recuerdos y la sombra del pasado eclipsa tu futuro? Si tu vida pasada es mejor que tu presente, también tú estás en cautiverio. Quizá no en babilonia ni llevado con violencia contra tu voluntad, pero si en la turbación de una vida que no planeaste. ¿Estás viviendo una vida que no querías? Piénsalo:
No es el trabajo que soñaste, pero lo aceptaste porque paga las cuentas.
No es el cónyuge que te haga suspirar, pero al menos no estás sólo (a).
No es la casa que planeaste, sin embargo es un techo donde vivir.
No es esto ni es aquello, pero es todo lo que tienes. Demasiados “no es” para ignorarlos. Babilonia con máscara de modernidad. Cautiverio en libertad. Frustración soportable que te impide cantar. ¿Qué haces en semejante situación? Lo mismo que los salmistas del cautiverio: colgar tu arpa. ¿Quién quiere un arpa cuando la frustración sofoca la canción y vivir tiene un aire enrarecido, turbio? ¿Para qué sirve el arpa a quien vive una vida prestada?

2.- ¿QUIERES QUE CANTE SIN ARPA?

a) La demanda de una vida mejor. Entonces sucede lo impensable: los mismos que te empujaron a vivir una vida que no querías te reprochan luego porque ya no cantas: “y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: cantadnos algunos de los cánticos de Sion”. Los mismos que se burlaron de ti por ser cristiano te echarán en cara que dejes de serlo. Aquellos que soltaron carcajadas ante tus principios son los mismos que luego te exigirán mantenerlos. “Vuelve a cantar” –dicen los habitantes de Babilonia. “Alégranos con las canciones del reino” –súplica el mundo. Y es que si la sal pierde su sabor no queda más remedio para esta tierra; no será sino un globo flotando en el espacio mientras se precipita a su destrucción. “Canta, por favor, cuando cerraste tus labios se fue la luz de este mundo” –reconocen finalmente quienes te asolaron.

b) Cómo… ¿Cómo vivir mejor cuando todo se pone peor? “¿Cómo cantaremos cántico de Yahwéh en tierra de extraños?” –replicó el salmista. ¿Cómo sostener el tono de la garganta cuando perdiste la música del alma? ¿Cómo bajar el arpa de los sauces cuando lo que amas está lejos de ti?
Me recuerda a otro salmo semejante…

c) Cuándo… El salmo 126 “Cuando Yahwéh hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. 2 Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: grandes cosas ha hecho Yahwéh con éstos. 3 Grandes cosas ha hecho Yahwéh con nosotros; estaremos alegres. 4 Haz volver nuestra cautividad, oh Yahwéh, como los arroyos del Neguev. 5 Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. 6 Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”.
Cuando venga la libertad… cuando reciba otra oportunidad… ¿cuándo volveré a soñar y a cantar?

¿Perdiste tus sueños? No, mi amigo, lo que tu perdiste es tu libertad. Si algo te esclaviza, es decir, preocupa tu corazón, te afana y te turba, eso es el ladrón de tus sueños. Las pesadillas de los problemas impiden el deleite de los sueños. La mujer maltratada por su marido pierde el sueño del príncipe azul; el hombre cuya empresa está en bancarrota hipoteca sus sueños esperando una oportunidad más adelante. Y lo mismo le ha pasado a todos los que perdieron sus ilusiones de una u otra forma. Así que no necesitas terapia para volver a soñar, y tampoco pláticas motivacionales que te inspiren a ello; sino recuperar tu libertad.

La cautividad de Sion es la ausencia de la manifestación del reino de los cielos. La esclavitud no se creó en el cielo; ¡allí nunca han existido esclavos! Pero, ¿de qué sirve el cielo a quien vive en la tierra? Es allí donde aparece la fe: es traer la libertad del cielo a la tierra. Cuando Dios hace volver al hombre de su cautiverio, entonces vuelve a soñar; ¿y cómo se hace esto? Recuperando Sion.
Sion es figura del reino de Dios. La libertad comienza cuando la voluntad de Dios prevalece sobre la voluntad de los hombres. Libertad no es hacer lo que uno quiere, eso es anarquía; libertad es vivir la voluntad de Dios al crearnos.

Cuando el reino prevalece, el sueño regresa. “Cuando Yahwéh hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan”. Deja de preocuparte y de afanarte. Cuando te esclavizas de las cosas temporales pierdes la capacidad de soñar; la mente se bloquea y comienzas a caminar en círculos. Sin creatividad ni visión. Vuelve a soñar, vuelve a la libertad que proporciona la autoridad de Dios.

Entonces recuperarás tu gozo y tu alegría. “Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza”. Un síntoma de la esclavitud es la escasez de sueños; y una característica de quienes no sueñan es la ausencia de alegría. ¿Hace cuánto no ríes a carcajadas? Te lo preguntaré de otra forma: ¿retienes tus sueños? ¿Hace cuánto no alabas a Dios lleno de júbilo?
El hombre cautivo, sin libertad, no ríe igual que el hombre libre. Ya sea su esclavitud física, emocional, espiritual, económica o de cualquier índole, el resultado es el mismo: alma triste sin deseos de alabar. Pero cuando experimentas la libertad del reino; esto es, cuando decides levantarte y procurar obediencia a la voluntad de Dios, entonces regresa la alegría y cantas todo el día.

Tú te darás cuenta de ello y quienes te conocen también lo notarán: “entonces dirán entre las naciones: grandes cosas ha hecho Yahwéh con éstos. 3 Grandes cosas ha hecho Yahwéh con nosotros; estaremos alegres”.

Vuelve… Tal es la experiencia del salmista y por ello, nos enseña en su canto cómo recuperar la capacidad de soñar, reír y ser feliz. Primero, pide a Dios que te de libertad de verdad; esa libertad que no depende de las condiciones externas, sino de la actitud del corazón: “haz volver nuestra cautividad, oh Yahwéh, como los arroyos del Neguev”. La tierra prometida de abundancia.

No pierdas la esperanza. Si hiciste lo correcto, cosecharás el bien. Todo esfuerzo será ampliamente recompensado, así que no escatimes esfuerzos por una buena vida. Inténtalo otra vez, vuelve a perseguir tu sueño: “los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”. Existe un adagio antiguo que decía: “si las cosas que valen la pena se hicieran fácilmente, cualquiera las haría”. Sigue andando, camina aunque parezca tiempo de llorar, no te rindas. Mira el salmo: aunque tengas razones para llorar, no dejes de sembrar la semilla acorde a lo que quieras cosechar. No siembres queja ni incredulidad; tampoco amargura ni dolor; siembra tu sueño, haz aquellas cosas que mañana contribuirán para hacer posible la realización de lo que soñaste.

No pierdas la cosecha. Aunque parezca que el tiempo pasa sin ver resultados, no maldigas tu semilla; por el contrario, llámala como el salmista: “preciosa semilla”; ¡bendiciendo la semilla bendices la cosecha!
El fruto viene. Vuelve a soñar.
Volvamos al Salmo 137…

3.- DESCOLGANDO ARPAS.

a) Recuperando la fuente de alegría. El salmista llora porque alguna perdió por el cautiverio la fuente de su alegría. Sin duda es una endecha verdaderamente triste; pero una vez que la recupera, lleno de gratitud promete no volver a perderla: “si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare; si no enalteciere a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría” (Sal. 137:5).

b) Nuestra propia fuente de alegría. Nosotros también tenemos una nueva Jerusalén, el Libro la llama Iglesia (Gal. 4:25-26; Ap. 3:12; 21:2). Y cuando los creyentes verdaderos están lejos de ella también cuelgan sus arpas.
Yo entiendo al salmista; sin la comunión de la iglesia mi diestra pierde su destreza; simplemente no fluyen correctamente los dones ni la capacidad. Sin la iglesia me siento como Pedro cuando desanimado no pescó un solo pez en toda la noche. ¿Te imaginas? Cuando lo que mejor sabes hacer ya no puedes hacerlo más, es para morirse. Eso es lo que siento sin la iglesia y lo que sentía el salmista sin Jerusalén.

Si no hay iglesia colguemos nuestras arpas en los sauces del desánimo y dejémonos morir. Que la lengua no vuelva a hablar jamás, que se pegue al paladar; si ya no tengo hermanos con quienes conversar de los secretos de Dios y cantar sus alabanzas, es mejor perder el habla. ¿Notaste que el salmista llamó a Jerusalén como “preferente asunto de su alegría”? Así debes mirar la iglesia, como la razón desde la cual brota tu gozo. ¡Sé lo que sientes salmista! Por ello, no deseo un solo día lejos de la iglesia…

Conclusión: al final de la historia, Apocalipsis presenta a los redimidos vencedores con arpas, sólo que esta vez, sus arpas no están colgadas, sino en sus manos, listos para cantar (Ap. 5:8; 14:2; 15:2). Te invito a descolgar tu arpa, vuelve a cantar, regresa del cautiverio…
Tradicionalmente se pinta a los salvos con arpas en el cielo, es un símbolo con mucha verdad: todo el que pertenece al reino tiene una fuente de alegría y alabanza.

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