Después de que mis padres se divorciaron mi vida se derrumbó. Tenía 8 años de edad y no podía soportar que papá ya no estuviera en casa. Mi mejor amigo era él. Cada fin de semana mis hermanos y yo “acampábamos” en el sótano de la casa junto con papá. Los juegos, guerras de almohadazos y pláticas de todo tipo, eran el orden del día. Por eso, cuando papá se fue de casa mi corazón quedó destrozado.
Por aquellos días, recuerdo que mientras jugaba con mis monitos de luchadores, en ocasiones sepultaba uno de ellos y le decía a Dios (A quien por cierto, poco conocía): “Por favor, se tu mi papá. Este luchador será una señal de un pacto que hago hoy contigo, yo seré tu hijo y tu serás mi padre” y después de eso, seguía jugando.
Años más tarde, comenzó mi adolescencia y la rebeldía brotó en mi corazón. Mi dolor por la ausencia de mi padre se incrementaba y una furia se apoderó de mí. Así llegó la juventud. Pronto me convertí en una persona violenta y continuamente tenía peleas con otros jóvenes. Mi vida estaba vacía y me encontraba en serios problemas con el alcohol.
Un día mi abuela organizo una reunión de oración en su casa.
Una mujer que estaba allí, insistió en orar por mi y por vergüenza acepté. Puso sus manos en mi cabeza y habló en un idioma que no podía entender, después de eso se dirigió a mí y dijo: “Dice Dios que el recuerda el pacto que hiciste con él cuando eras niño, que él no lo olvidó, que el pacto aun sigue vigente”. Ese día le entregue mi corazón…