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En Nehemías 3 se presenta una
larga lista de actividades que diversas personas realizaron
para reconstruir el muro de Jerusalén.
El Señor tuvo cuidado de anotar en las Escrituras los
nombres de aquellas personas y/o grupos que trabajaron en la
reedificación de la gran ciudad de Dios. Cada acción quedó
registrada, los que hicieron mucho, los que hicieron poco.
Pero de ninguno se dice lo que de Baruc se dijo: “… Baruc
hijo de Zabai con todo fervor restauró otro tramo, desde la
esquina hasta la puerta de la casa de Eliasib sumo
sacerdote” (Vs. 20)
El Espíritu Santo, no tan sólo tomó nota de lo que había
hecho Barúc, sino también registró la actitud con la que lo
hizo: “Con todo fervor”. Para Dios cada detalle cuenta.
Nuestra obra es importante pero también lo es la actitud con
la que la realicemos. Siendo el Señor tan grande y el
ministerio de la palabra un servicio tan alto, un ministerio
de la más alta dignidad y un oficio divino, roguemos al
Espíritu Santo que nos de su gracia para realizar su obra de
la mejor forma, con toda seguridad el dará a cada uno lo que
necesite.
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Testimonios como el
siguiente, hacen que valga la pena servir a Dios como
maestro de niños:
“Cuando llegue a la clase bíblica, yo creía que tenía una
muy buena relación con Dios, pero al estar asistiendo a las
clases me di cuenta que mi Maestro tenia una relación más
grande con el Señor, y sentí que tenía más necesidad de
estar en comunicación con Dios y empecé a platicar más con
él y cada día me sentía mejor, más tranquila y disfrutaba su
presencia”
Leilani Porras, 12 años.
Paco Palafox escribió lo siguiente:
Desde mi punto de vista, la fe debe ser un terremoto, no una
siesta; un volcán, no una rutina, una pasión, no un puro
asentimiento, una explosión, no un desierto. A veces me
molesta la idea de que la gente que no conoce el evangelio
crea con más apasionamiento en las cosas que lo rodean en el
mundo, mucho más que los creyentes en las cosas de la fe.
¿Por qué un pastor predica con menos pasión o menos alegría
del que sienten dos enamorados? ¿Cómo puede un teólogo
hablar de Dios con menos entusiasmo que un entrenador de
futbol a sus muchachos? ¿Por qué los creyentes ponen menos
atención en las iglesias que en el cine? ¿Por qué dedicamos
horas al Internet y a chatear y nos cuesta trabajo unos
minutos de leer la Biblia y orar? ¿Es, acaso, que Dios es
más aburrido que la televisión?
¡Qué difícil es, encontrar creyentes apasionados! ¡Da gusto
cuando alguien te habla de su fe con los ojos brillantes,
que te habla de Cristo aun sin usar las palabras y sin caer
en la falsa exageración, que sin tratar de imponerte lo que
habla te contagia de esa electricidad que enciende su luz
interna.
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